Noviembre, lluvia, frío y para completar la fórmula un buen cocido madrileño.

Nos habían recomendado La Bola y aunque es complicado reservar, el cuñado se las ha ingeniado para conseguirnos una mesa. Entramos a un comedor, pasamos por un pasillo estrecho, y terminamos en uno de los varios salones de decoración muy poco habitual a lo que estamos acostumbrados. Lámparas de la sala de estar de la casa de la abuela, paredes cargadas, cortinas de ganchillo y camareros con chaleco y pajarita que hacen que te sientas como en casa. A mí, ya me han ganado.

Ahora empieza el festín. Nos sentamos y nos sacan unas olivas, y junto a nuestro plato un bollo de pan con mantequilla. Esto me sorprende, no sé, no lo llego a entender, pero su sentido tendrá.

Escogemos la bebida y seguido nos traen los platos. Unos platos hondos sólo con fideos, un plato al centro con guindillas, cebolla y salsa de tomate. Y por último una especie de jarrón de barro caliente que el mismo camarero se encarga de verter en los platos de cada uno de los comensales. ¡Y empieza el festival! Hay quien se come los fideos sólo con el caldo, quién le añade garbanzos, quien deja los garbanzos y la carne para el final. Cada uno a su manera y es que esto es lo bonito, que cada uno se lo prepare como más le guste. En definitiva, disfrutamos, disfrutamos como enanos.

La cosa llega a su fin y seguimos el consejo que nos dieron de pedir los buñuelos de manzana, es más, la mesa de alado también nos los recomienda y efectivamente, sí, están cojonudos. Acompañados de helado de vainilla y stracciatella.

Así que ya sabéis, con tiempo y ganas hacer vuestra reserva porque éste sitio merece la pena.

Me voy a echar la siesta, que toda mi sangre esta trabajando en el estómago y no me deja pensar.

La Bola